autopistas cerradas, campos con vallas

la opresión del alma es la peor de todas las experiencias humanas

yo miraba a mi alrededor con expresión de aturdimiento mientras toda la vida transcurría con demasiada celeridad y alegría
por ello me costaba acordarme de que vivía en una isla, en la que se concentraba parte de la pequeña y falsa felicidad que albergaba el mundo, y acordarme de la otra realidad, la abundante y auténtica
la calle abarrotada de personas que parecían aturdidas por una fiebre enfermiza que provocaban los escaparates, las luces, la publicidad... ya no se veían la paredes de los edificios, incluso no existía la posibilidad de no ver nada debido a la infinidad de anuncios, y nada impedía que el gentío portara su expresión distraída, de sonrisa tonta...
no había reparos en empujar, caminar a la velocidad que cada uno estimaba oportuna para su espíritu en ese momento, o pararse en cualquier momento y circunstancia sin importar el entorno, al fin y al cabo, era un campo de burbujas ocupadas por personas
numéricamente, la cantidad humana que debía haber a mi alrededor era exagerada
¿qué hacía yo ahí ese día? pasear, no, ¿adónde iba? ningún sitio serviría de excusa ahora mismo, si no fuera la puerta de salida de esa infernal ciudad, y no lo era
¿para qué voy a todos los sitios a los que voy? es absurdo conocer la respuesta a esa pregunta y seguir haciéndolo...

pues yo lo hacía, lo hago y me da miedo adivinar el día final de hacerlo
miedo y alegría: podría saltarme las fronteras de lo esperado o podría descubrir y creer las razones por las que lo hago...

la luz sobre el escenario se retira despacio y, en vez de lo que había iluminado, ante mis ojos aparece la vaga impresión, casi sensación, de un recuerdo, ya casi fantasía, de un lugar, la materialización de los anhelos más profundos, de los sueños que me embriagan cada noche y en el día me llevan lejos, en soledad, en compañía de la música que llevo en el corazón y la poesía que suena en mi mente
el escenario sigue oscuro pero la infantil perfección que siento que tiene mi fantasía basta para creer existe un lado opuesto

el escenario seguirá oscuro siempre, la fantasía seguirá siendo fantasía, y yo seguiré huyendo de ambos en la música y el engaño

Way to blue

El tren iba a sin prisa y la gente que lo ocupaba parecía estar fuera del tiempo, dirigiendo miradas a la oscuridad de la noche que en ocasiones aparecía interrumpida por difusas lucecitas. La joven pero intensa noche me hacía pensar de manera obsesiva en algo que creía vital realizar cuanto antes. Lo creía descabellado y bastante improbable de llevar a cabo pero necesario en la misma proporción o más. La huida. El reencuentro con uno mismo. La inmensidad del mar frente a la limitada razón, cada vez más deformada por la absurda vida que conlleva esta ciudad, estas instituciones que me ahogan, el engranaje social, la mayor farsa de la humanidad, que me ha absorbido y obligado a un rol indeseable y vomitivo.
El mar, y sólo el mar. Rendirse a la azul infinidad y dejarse abatir por sus olas, respirar su aire y sentir su olor para volver a llenarse de vida. Olvidarlo todo, y sentirlo todo. Y finalmente llorar la nostalgia, la infelicidad de existir y no vivir.


sensaciones ligeras

Los pensamientos viven y mueren a la velocidad de un río que desciende por la alta montaña. El caos que crean cobra cierto sentido de orden global cuando aparece, como un flash, un recuerdo concreto. Eso lleva a los músculos faciales a deformarse en una fugaz sonrisa acompañada de otro fugaz recorrido visual por el entorno. Todo es cuestión de segundos y dentro de mí hierve un mundo distinto.

La hierba que aplasto es mullida y desprende un olor fresco y relajante, el último resquicio del verano. Tiendo el brazo y abro la palma de mi mano para notar su cosquilleo, y la sensación, por simple que sea, me resulta incomparable en ese instante. Es mediodía y el sol está en todo su otoñal esplendor mientras que, a través del bullicio humano que está no muy lejos de donde estoy yo, prevalece el leve canto de las hojas agitadas por el viento, avisando de la llegada del frío. Enterabro los ojos unos segundos y el paisaje aparece como una mezcla de colores y sonidos difuminados e imprecisos que realizan una danza alegre y sin sentido. Sigo oliendo la hierba que está a tan sólo unos centímetros de mi cara. La racionalidad deja paso al reflejo y al sentimiento, todo me parece inexplicable pero siento que es vital.

Nada puede ser más agradable, pienso, y en mi mente emerge una cara, se escucha una risa lejana, afloran sensaciones casi olvidadas.

and then you kissed me

Todo pasó durante una noche cualquiera de principios de la estación estival en la capital de las tentaciones cumplidas.


Hora de quedada. Todos llegan tarde. La plaza "esperadero" se llena de otros muchos como yo. Todos esperamos conjuntamente y después tomamos nuestro camino. Impaciencia. Por qué se retrasan tanto. Esta noche puede serlo todo o nada. Paciencia; no puedo. Dónde están. Ahí va uno, por fin alguien se digna a aparecer. Pasan los minutos y la impaciencia no hace más que crecer. En este momento soy la persona menos indicada para mantener una conversación. Pasan los minutos y aparece el resto. Bien, vamos allá. Menos mal que la sala está próxima. Vaya, ni siquiera han empezado, estupendo, ahora tengo que esperar. No puedo dejar de pensar en cómo se desarrollarán los acontecimientos de más tarde. No tengo ningún plan.
Ahí están, por fin. Mercedez Benz a capella, qué valor. Mejor será que pida algo para calmar el espíritu; una cerveza va estupenda. Vaya, cómo suda el vocalista, ¿lo vivirá de verdad o sólo será el esfuerzo de garganta que le está costando cada nota? Lo cierto es que me da lo mismo, yo sólo pienso en una cosa. La gente que viene a sus conciertos no dejan de sorprenderme con su pasividad. Oh, ahí hay una loca que no deja de menearse como una enloquecida. Ah, es que la estaban fotografiando. Je, ahí entra el que se proclama músico y ni sabe tocar la guitarra. Siempre he pensado que venir a ver a este grupo le debe de dar mucha envidia. Si al menos pudiera quitarme esa idea de la cabeza durante el tiempo que dura esto...

Ya acaba. Fuera, venga, vámonos, debemos llegar cuanto antes, la fiesta ha empezado hace muchas horas. Ni siquiera sé qué me espera allá adonde me dirijo; sólo es un rostro el que ha llenado mi visión y una mirada sensual que me invita. No resisto tal ceguera, tan incierta y tan intensa como una tormenta de verano. He perdido toda capacidad de raciocinio y sólo quiero llegar para mirarme en aquellos ojos que siento en lo más hondo y me desnudan y me examinan. Esta noche puede pasar todo o nada, y yo ni siquiera sé si mi paranoia es compartida. Bella incertidumbre, quisiera ser como tú y vivir tu vida, corta y dolorosa, pero más dulce que la ambrosía. ¡Oh, ahí está! Una expresión tímida pero sonriente se asoma detrás de la puerta. Es imparable la aparición de satisfacción sobre mi cara mientras cruzo el umbral y educadamente procedo a saludar a los anfitriones.
¡Qué noche! Qué noche más confusa e incierta, ¡qué está pasando!, ¡qué hago!. Sólo soy un burujo de emociones titubeantes que va de aquí para allá y de allá para aquí. El final está cerca y yo estoy con la cabeza y las manos vacías. Vámonos, clavo mis ojos en los suyos, vámonos antes que los demás. Una vez siento el aire en mi cara y sólo puedo suspirar de alivio, oigo su voz...

Me giré en silencio, sonreí y me acerqué a probar lo que tantas noches habías soñado. Más tarde, cuando nos separamos, me dejó con una sonrisa en la cara que ni de lejos podía expresar lo que había detrás de ella.

Púberes en acción

Después del apabullante récord de una entrada durante todo el año pasado, y como mi vergüenza brilla por su ausencia, abro con el amado pronombre dentro de la primera línea. Curiosamente, mi estancia entre tanto monte y personaje importante impulsa la necesidad de hacer algo útil. Esto, lo que se dice útil, no será, ni para mí ni mucho menos para nadie.
¿Qué extraño motivo existe para que muchos proyectos aparentemente interesantes sean rebatidos por preguntas, que además salen de la misma cabeza que los primeros? ¿Por qué todo parece coherente e inteligente en su nacimiento y no mucho más tarde se desmorona tan fácilmente como decididamente inteligente parecía? ¿Por qué las preguntas, a su vez, agotan su necesidad de respuesta tan rápidamente como surgieron? ¿Es un subconsciente traidor?
La impaciencia que sufro desde hace varias semanas ha provocado cambios en mi comportamiento que tranquilamente deberían dar paso a mi abandono por parte de los que han tenido la mala suerte de rodearme. Propuestas imposibles, respuestas impertinentes, agresividad emocional, obsesión incontrolada y, a veces, dolorosa de llevar, por la música, ansia de consumo insano en exceso. Sólo falta bordar la imagen de ser ojeroso, tembloroso y malhumorado que, por ahora, no aflora. Por dentro un torbellino de emociones estúpidas seguidas de frustraciones más estúpidas todavía. Un círculo vicioso propio de quinceañeros con tensiones sexuales en exceso y sin resolver.
A todo ello, conoces a una persona que dedica el tiempo que no es de dormir, comer y hacer sus necesidades más inmediatas a estudiar, y tú por dentro piensas que eres la reina de los párasitos sociales. ¿Acaso retratarse por escrito y exponerse a la risión pública aliviará mis penas adolescentes? Quizás. Porque si revivo los quince años, habrá que solucionarlo como es propio.

Nada que no puedan arreglar ocho horas de sueño

"La primera vez que camino por Madrid mirando al suelo, sin sentir la incontenible necesidad de mirar al frente y a los lados y a toda la gente que pasa como si estuviera en una galería sin final. Es una sensación un tanto peculiar. Mi vida se dividió siempre entre dos lugares. En el primero, cuando caminaba por la calle no existía hecho que pudiera hacerme levantar la vista, y puedo recordar perfectamente el deseo de mirarlo todo hasta grabarlo en lo más hondo de mi memoria. En el segundo lugar, que es Madrid, en el mismo caso, solía portar una mirada dispersa volviéndome a uno y otro lado sin objetivo alguno, disfrutando de la curiosa fauna que se movía al rededor independientemente de la hora y el lugar. También recuerdo las ansias de bajar la vista y olvidarme de aquella pose egocéntrica de frivolidad e ignorancia en la que estaba sumido cada uno de los seres que pasaban.
Pero hoy, por primera vez en la historia de mis paseos de vuelta a casa no he podido despegar la vista de las baldosas. Oía el leve ruido de mis zapatos arrastrados. Como en cualquier noche del final de verano había el habitual tráfico humano: indios vendiendo cerveza, indios vendiendo artilugios brillantes (que no me explico qué ser normal querrá ponerse unas gafas por las que brillan mil colores), putos, putas, borrachos, turistas (sí), guiris borrachos... Había un negro vestido muy elegante que, agarrado a una de las putas de esa calle, bailaba salsa mientras las putas que formaban el corrillo reían y movían ligeramente la cadera. Me quedé agradablemente sorprendida al ver la seriedad con la que se lo tomaba el hombre. Me quedé mirando con descaro mientras pasaba y sin querer se me dibujó una sonrisa de incredulidad, ¡qué gusto me daría saber bailar así!
Casi me temblaban las piernas del cansancio, pero esa noche hubiera dado la vuelta a la ciudad a pie. Creo que era el torbellino que llevaba atormentándome durante tantas semanas lo que había estallado repentinamente y ahora hacía de motor de mi cuerpo. Las maldiciones me salían por la orejas y en realidad todo quedaba en una tonta desesperación emocional. Pensé en todas aquellas personas que estaban viviendo su propio pasado, construyéndolo minuciosamente, hablando de las experiencias que habían tenido como si estuvieran terminando los capítulos de su vida poco a poco para después contárselos a sus hijos y nietos. Pensé en todas aquellas personas que yo ya conocía. Qué extraños pensamientos me causaban. Me costaba identificar mis propios pensamientos en medio de toda la realidad que me imponían día tras día, conversación tras conversación. Llegaba a pensar que no debía fiarme ni un pelo de todas esas personas, todos esos que fumaban y bebían y follaban y gritaban en medio de las noches y bailaban al son del cutrerío veraniego escondiéndose tras una filosofía barata para disculpar lo que ellos llaman vulgaridad y yo llamo naturalidad. ¿Cómo alguien puede llegar a renegarse con tanta insistencia? Supongo por la misma razón por la que puede adoptarse la naturalidad como pose. Debían de estar todos vueltos del revés, locos de remate...
Esos pensamientos ocupaban mi mente cuando llegué a la puerta de casa. La calle olía a orina, como de costumbre, y varios borrachos se habían instalado en los cubos de basura de enfrente mientras reflexionaban sobre el complejo entramado de las relaciones amorosas."

La vuelta y el fin

Un año y un día tras la última vez que pulsé Publicar entrada, he decidido, pero sin mucha fe, reaparecer en forma de adiós. (O hasta luego, nadie lo sabe)
Entendería que alguno pensara que soy un poco alucinada y mentecata, pues es muy estúpido lo que digo, teniendo en cuenta que hace un año que no escribo nada, ni siquiera "por cumplir" con la imagen, lo cual ya es un abandono (por la falta del adiós está claro).
No existe un motivo concreto que, en su día, me hiciera abandonar el blog, así como se me ocurren mil para borrarlo. Digamos, que la chispa que le daba vida se hundió en la mierda poco a poco, y ya casi no queda ni el recuerdo de ella. Quedan los recuerdos de lo que la encendió, pero como el tiempo ha pasado y las cosas han cambiado, ahora se cuece algo nuevo, otra cosa, tal vez otra chispa muy distinta. Aunque lo más probable es que no se cueza nada en ningún lugar. Y antes de decir cualquier memez que dentro de varios días me genere el imparable impulso de borrar el blog entero, me voy de aquí. Sin imaginación y sin sorpresas.