Etapas

Cuando aquel día recibió la carta, todavía no sabía que le quedaba poco tiempo hasta su primera muerte dentro de un año.

De ello se percató durante una de las noches en las que solía frecuentar los bares de reputación dudosa. Entre las nubes de humo y el chirrido de lo que aspiraba a ser música, alguien, cuya cara no pudo ver, contaba lo que era la primera muerte. El sonido insoportable que había invadido el antro ahogaba hasta el más mínimo susurro del alma e impedía escuchar incluso el propio pensamiento. Salió. El aire fresco de la noche le golpeó la cara y enseguida sintió la ascendiente irritación de sus ojos, causada en el interior del bar. Todavía oía la música en su cabeza, pero su volumen fue bajando hasta dejar un leve zumbido. La primera muerte, pensó. Vaya, así que nada de esto es una rareza, tan sólo es una etapa, mi primera vida. No soy diferente. Vaya... Soy como todos, no soy nadie...

Pero el día que leyó la carta, todavía no lo sabía. Ese día, el día de la lectura, él no era el mismo que más tarde (casi un año) se enteró de que tenía que morir por primera vez. Ese día, no era ni la mitad de lo que sería al salir del bar, presionado por el humo y la música. Esos dos días, separados por un año temporal, y muchos más emocionales, compartían sólo dos cosas: su aspecto físico y la fuerte emoción que habían originado en su pecho.

Era verano y no era más que otro día que, con impaciencia, esperaba tachar de su memoria. Había estado cruzando la ciudad de extremo a extremo en busca de algo digno de ocupar un lugar en la tediosa rutina que injustamente le habían imputado. Pero no se encontró con nada anormal, nada que se desviara ni un milímetro de lo que él pudiera esperar. Había pasado casi la mitad del verano y la única forma de sobrevivir que había encontrado, era el aislamiento. Y no sólo mientras caminaba por la calle, sino también cuando estaba con otras personas. Había optado por aislarse y lo hacía. Eso intensificaba los aburridos días, pero le ayudaba a mantenerse, pues consistía en recordarse en cada momento a sí mismo que pronto llegaría el fin. Sabía que una vez acabados los calurosos meses, todo iba a ir según su voluntad. Los días que parecían esconderse del tiempo, caían con dificultad en el pasado y él, en sus largos paseos, no hacía más que repetir y prometerse a sí mismo que nunca más se dejaría dominar de esa forma y que, una vez desaparecidos los barrotes, sólo seguiría la voz de su propia cabeza.

La carta que le dieron aquella noche cuando volvió a la casa produjo una ligera alteración en su ensimismamiento, pero no lo hizo desaparecer. Él sabía que tenía que recibirla, la esperaba y, aun así, provocó olas de entusiasmo y puede que, quien sabe, alegría. En un estado de somnolencia la cogió de las manos que se la acercaban y salió a la calle para compartirla con la farola de la esquina. Sabía que iba a recibirla y la esperaba, pero no con el entusiasmo que había sentido al verla en sus manos.

El tiempo que duró su lectura fueron segundos coloridos. Era corta. Era sencilla y, sobre todo, él sabía lo que ponía dentro desde antes de abrir el sobre. Pero nada impidió la aceleración de su pobre corazón. El primer vistazo, rápido, convirtió su mundo en una burbuja rosa rebosante de alegría. La segunda lectura, leyendo todas las letras, no pudo sino hacer colmar su entusiasmo, así como todos los demás sentimientos y agonías que tenía atascados en el pecho. Las lágrimas, deseosas por salir, caían por su cara y él seguía leyendo la carta sin parar. Pensó en los años anteriores, en todos los años que pudo recordar de su vida, en los años que tuvo que tomar decisiones -así se dio cuenta de todas las decisiones que había tenido que tomar-, pensó en el último año y, sobre todo, en su final. Lo sintió todo tan vivo, tan suyo, todo eso era él, y estaba, ahora, sentado debajo de esa farola, en mitad de la noche, en un sitio que odiaba con todo su ser. Jamás había experimentado esa sensación de ser alguien, de ser él mismo: el que había conseguido por sí mismo todo lo que tenía, el que sufría por haber sido violada su individualidad y su deseo. Confiaba en que, al menos, parte de su agonía, se evaporara con las lágrimas. Éstas habían dejado su rastro húmedo sobre su cara. Dejó de llorar y guardó la carta en el bolsillo. Luego volvió dentro.

No había pasado ni un año de esa noche, cuando oyó hablar de la primera muerte. Tan de golpe llegó aquello a sus oídos, que no supo cómo reaccionar. Luego, desaparecido el asombro silencioso, le invadieron preguntas. Era todo tan descaradamente injusto y engañoso que, a principio, le pareció una broma, Entonces, si tengo que morir, qué habrá de lo que soy ahora. Evidentemente: nada. Morir supone desaparecer, sólo que, en esta muerte, volveré a aparecer, pero siendo otro. Entonces, de qué sirve todo lo que pienso y hago ahora. Entonces, todos han tenido que morir al menos una vez, que es esta, la más común, a los dieciocho años. Si es así, todo lo que soy no es más que... Así que está previsto que yo forme parte del total, de la ignorante y despreocupada masa. No soy nadie.

Se paró ante el semáforo en rojo. Desde el coche que pasó salían cantos inidentificables. Siguió por la calle, acompañado por las preguntas en su cabeza, que exigían, todas a la vez, su respuesta. No podía creerse que todo lo que había hecho para llegar hasta ahí, hasta ese punto de la ciudad, iba a convertirse en un vulgar recuerdo. Lentamente, la indignación tornaba ferocidad. Quería darle un puñetazo a esa boca que le había hablado de la primera muerte, pero sabía que, quien le había engañado era la vida, que parecía no ser como él creía. Sintió la humedad bajando por su cara, y el viento metiéndose por debajo de su ropa.

La tienda había cerrado hace ya horas, pero Nicolás se había entretenido con Trotsky, el perro que iba con él a todas partes, en el parque. En el pequeño vestíbulo, que estaba al aire libre, el anciano estaba situando los cartones de la mejor forma que le parecía cuando escuchó los acelerados pasos de alguien que pasaba por detrás. Cuando se tumbó y se cubrió, a sí mismo y al perro, con las viejas mantas y los cartones, vio desaparecer en la oscuridad de una calle lateral la figura que había pasado corriendo por detrás de él.



Demasiado personal

Qué hago. Creo que me sentaré a escribir algo. Mierda, de qué iba la historia que se me ocurrió ayer en el metro. Era buena. Mierda, no me acuerdo. Tengo que comprarme un cuaderno que me quepa en el bolsillo. Se fue a la mierda el escribir. Aunque... si me siento, a lo mejor consigo parir algo decente. Ya, claro, como la última vez. Casi dos horas para sacar la conclusión de que las cosas en la vida no son de ninguna manera. Ni siquiera ocupa una línea entera. Joder. Casi dos horas. Y, encima, se me ocurre seguir perdiendo el tiempo tecleando alegremente mientras doy rienda suelta a la ilimitada fantasía que he tenido el gusto de heredar de algún pariente prehistórico. Digo gusto, porque es mi camino más deseado y mi alternativa a los ratos no tan deseados. También a los pesados minutos en metro. No hablemos del autobus o el tren. Es mi alternativa a todo lo que no me gusta en mi vida. Así, a veces se me olvida que tengo una. Así me va, ya ves. Pero la vivo, oye. Digo la mía, mi vida física. Claro que la vivo. No parezco el tipo de persona absorbida únicamente por la dulce y engañosa fantasía, y no lo soy. A cada uno le toca su parte, no. Logicamente, yo me llevo lo mío y, reconozco, no está tan mal. Quizás un poco más de lo habitual, pero bien dosificado. Bah, ya estoy hablando de algo en concreto. Tengo que quitarme esa costumbre; la de hablar de algo en concreto. Es que nadie escucha. Pero lo que me resulta difícil es hablar de todo un poco. Ya entiendes. Si no hablas de nada en concreto, hablas de todo un poco, no. Sí, sí, las típicas conversaciones sobre la rutina diaria y qué detergente usas para esa camiseta tan guay que te has comprado de las rebajas, o cómo haces ese plato, jolín, a mí nunca me sale, o a mí me pasa lo mismo, soy tan torpe que no sé ni poner una bombilla.

Pasó un tiempo y vi que la gran mayoría era así. Quizás no hablaban de bombillas y detergentes, pero creo que se me entiende. Es que vaya vida, si fuera así. Siento una ligera decepción. También siento que no será la última. Luego, vas descubriendo que, qué va, todos tienen su mundo interior, lleno a rebosar de sentimientos que ni sospechabas, porque, como eran todos tan iguales a primera vista, pensaste que salían de fábrica. Y espera, hay más. Ahora resulta que cada uno, hasta completar la humanidad entera, alberga agonía y sufre una infinidad, pero en silencio. Son los silenciosos revolucionarios que, viendo con sus ojos críticos el mundo más cercano, suspiran acompañando el aire de expresiones de sabiduría entristecida. Lo hacen durante todo el día. Siempre tienen una opinión al respecto. Nunca están deacuerdo y todo les parece injusto. Incluso las situaciones en las que ellos mismos se envuelven, a través de sus propios actos. Todo. Pero no hacen nada por remediar nada. “La vida es injusta”, es su frase favorita. Y no pienso que no lo sea, pero, me cabrea especialmente (no sé por qué me cabreo con tanta facilidad) cuando se lo oigo decir a seres, normalmente también arrastrados por la indolencia física, que están agusto rebolcándose en su apestosa ignorancia, siendo ese su límite vital.

Es curiosa la visión que tengo de todo mi entorno. Puede que sea algo rara. Puede que la línea en que pienso sea la equivocada, pero no puedo evitar pensar de esa forma. Culpen a quien me configuró el cerebro antes de los 3 años. Puede que esté juzgando mal y despiedadamente, sin tener en cuenta importantes factores, por lo que aceptaría cualquier sugerencia que se me haga.

Veo en las personas un egocentrismo digno de ser comparado con el mío hasta el punto que me permito utilizar el vocablo “egocentrismo”. Pero ese egocentrismo lo quieren dejar enmascarado detrás de una correcta y educada humildad que, en mi opinión, raya la hipocresía. Realmente no estamos hablando de humildad. Queremos hablar de humildad. Queremos ser humildes, pero no lo somos. Creo que no lo somos ni en un centímetro de nuestro cuerpo. Puede que sea una moda, los tiempos, la sociedad del siglo XXI, blah blah, quién sabe. Una sociedad individualista y competitiva. Creo apropiados estos dos términos para expresar exactamente la manera en que lo veo. Volvemos a exaltar al ser humano y considerar al individuo el centro del mundo. Y lo que tenemos en el centro de nuestro podio es nuestra propia figura. Somos lo más importante en nuestra vida y nos veneramos a nosotros mismos de manera viciosa. Nos gusta ser el centro, ya sea el nuestro o el de los demás, pero es lo que queremos. Nos gusta que nos miren, nos gusta que nos hablen si haber iniciado la conversación, nos gusta que hablen de nosotros, nos gusta que nos hagan fotos sin pedirlo, nos gusta que nos hagan cumplidos, aunque sean mentira, nos gusta todo lo que tiene que ver con nosotros y también lo que no, porque ya es una razón para destacar el no tener que ver con nosotros. Nos gusta decir “yo soy tal y cual” o “yo creo esto o lo otro” o “yo soy así o asá”. En fin, nos gusta hablar en primera persona y, sobre todo, sólo de la primera persona.

Pero, y aquí viene la divisón, mientras algunos no se cortan en mostrarle al mundo lo maravillosos, originales, repetitivos y aburridos que son, otros eligen la opción de darle un toque de misterio, poniéndose la máscara. La máscara da la cara inofensiva e inocente, la que no mentiría, la educada, la que se digna por los vandalismos ejercidos por los que no llevan máscaras, en fin, esa máscara que parece tener el sobrenatural poder de convertirle a uno en otra persona, la opuesta a la que realmente es. Es la cára de póker, de competición, de conseguir la comida para el ego de la otra forma, la silenciosa, pasando por otra calle que nadie conoce. Al final llega antes que todos los demás pringaos y sigue siendo el majo al que todos quieren. Es la más maravillosa falsedad. Qué bonita. Qué auténtica.