Probablemente no haya frase más exaltadora del ser humano que la que usó Patti Smith para titular su canción. Al sonar, el crebro traduce del inglés el hilo palabras y, entre una música que parece un himno de la libertad, el corazón parece ensancharse dentro del pecho, rebosando de una mezcla entre frenesí y deseo que parecen inhumanos. Sin duda es uno de los cantos que mejor encuadran el bello sentimiento del amor a la humanidad, pues no puede haber reacción distinta a la de querer alzar a todo el mundo en masa y cambiar el mundo para hacer de él un sitio mejor, donde las personas se aman y expresan con libertad y sin pudor sus sentimientos. El sonido no deja de llenar mis venas de alegría.
La continua repetición del estribillo es como el llamamiento al despertar de los adormecidos, la iluminación de los infelices que, ya amargados por una vida que no es vida, están sumidos en la desgracia y el odio.
Pero hoy es distinto. Hoy, he notado la fragilidad de la fe, que tanto me cuesta mantener encendida. Hoy no he visto más que caras desvergonzadas y grotescas, que creen vivir algo que llaman vida. Qué blasfemia por su parte. Qué blasfemia nombrar lo más sagrado, lo que creen que conocen, aquello que han convertido en un sainete cualquiera mientras rinden culto al reflejo de su miedo en los iconos. Qué osados estos ciegos que no saben que lo que tienen delante es lo que hay que vivir. Qué triste. Hoy sólo he visto un cielo teñido de decepción, unas calles tan grandes y repletas que me hacían refugiarme en lo más hondo de mi corazón. Ese corazón que, pobre de él, ama y sufre con la misma intensidad. Ese necio corazón.
Y ellos ríen, hablan, lloran también, pero yo no entiendo sus razones, no entiendo sus aspiraciones, no entiendo por qué somos físicamente iguales y a la vez siento que parecemos seres de distintos planetas. Son éstos unos seres curiosos, que parecen funcionar por un goce material inmediato, egoísta y estúpido que no conlleva nada más que la satisfacción de los más ligeros sentidos. Me asombra esa capacidad de preocupación que tienen por el resto que les rodea, ese esfuerzo, - me imagino-, que tienen que hacer por mostrar indiferencia hacia todo, ese sometimiento a lo que les parece gigante e inamovible y, en fin, ese saber nulo que tienen de su propia existencia y fuerza, que no les permite ver más allá de sus burbujas flotantes.
Ese montón de seres, que dicen ser humanos, no ha sido hoy más que la mancha de decepción y asco de mi propio cuadro.