La inmensidad de la mente en pocas palabras

En un mes te he estado mirando, mirándome a mí en el espejo, y en un ansia irrefrenable de fundirme contigo desde el momento en que una noche mi mano se durmió en la tuya, he buscado maneras de paliar tu marcha mientras te veía entrar en el salón y sentarte en el sofá encendiendo un piti, callada, dirigiéndome alguna sonrisa, cansada, aburrida. Y además de las chanclas, la camisa que conserva tu olor, la toalla y otras cosas, me dejaste un nuevo ajuste en el reloj biológico que me despierta a las ocho y media, el empeño por tomar dos tazas de café acompañadas de un salvaje número de cigarrillos, limpiar lo que ya está limpio, la novedosa costumbre de mezclar todo lo que tengo en el desayuno, la comida, la cena, el postre; siempre inventando mezclas; me dejaste pensando en si te estarás riendo ahora mismo, ¿sumergida en el agua?, ¿aburrida?,qué canción sonará en tu cabeza, pensando en mí, ¿te has levantado ya?
Envuelta en el silencio durante horas, resuenan en mi cabeza cosas que me dijiste; a las puertas del tren, en el sofá cuando te reías y me apartabas, en la cena no podías más y casi llorabas pero seguías picando; resonaba el silencio de tu cansancio en el tren de vuelta a casa, tu risa y tu beso cuando nos encontramos al salir de clase, los buenos días entre las sábanas y tu perdón por dejarme en el borde de la cama, los gemidos en la noche...
Y te veo. Te veo en cada cosa que hago y sonrío durante todo el día; sintiendo que estás en la otra habitación y vienes, seria, distraída, sonriente, ausente, más completa que cualquier Venus. Te veo en cada nota que suena, en cada palabra, en cada uno de mis paisajes diarios te veo a ti y siento la belleza del mundo entero en mi corazón, y soy feliz por el campo y las nubes que te vieron pasar mientras te alejabas y yo lloraba y reía de la felicidad de haberte tenido a mi lado.

Sueño de verano

El tiempo en la habitación estaba completamente detenido. Detrás de la fina cortina de mis pestañas veía bailar las formas de luz que se colaban por las ranuras de la persiana sobre las blancas y desnudas paredes. El calor del mediodía me había llevado a un estado de languidez en el que solo me divertía la alegre danza de formas sobre el fondo vacío. Pensaba en si a ti también te divertiría aquel juego de sol y persianas, y si veías el color de los primeros días del verano, su olor, que es el reflejo de todo lo que somos en ese momento. El verano, esa claridad y esa inmensidad inalcanzable, el espejo de los anhelos, una amable sombra de luz transparente, sonriente y con ojos misteriosos que se acerca, te acaricia con su mirada infinita y te embriaga con la doble ilusión de eternidad e instante mundano. La estación de soñar mientras unos círculos de luz bailotean en una pared.
¿Son divertidos verdad? Y tu sonrisa brilló. Tienes uno sobre tu cara, ¿notas su calor?
No, pero lo noto sobre los ojos. Deberías dejar de torturar los tuyos y cerrarlos de una vez, no sé cómo aguantas tener los párpados tan solo rozándose durante tanto tiempo.
La pared nunca había acogido semejante espectáculo, no puedo perdérmelo pero entiendo que desde los pies de la cama no lo aprecies.
Estoy mejor aquí. Te veo.
¿No notas que el aire de la habitación es como una nube llena de luz? Veo tus ojos y tu pelo, y tu sonrisa. Es agradable. Es como si yo fuera toda la habitación, este momento, y tú has venido a formar parte de mi fantasía.

Una soplo de aire perfumado por las flores de verano se coló a través de las ranuras de las persianas y la imagen de ella se nubló suavemente entre las pestañas casi cerradas. ¡No, cierra la ventana! Quiero seguir mirándote, no me dejes. El grito pareció quedarse en el camino entre su mente y su boca pero aun en la oscuridad de su sueño, seguía sintiéndo la presencia de ella sentada a los pies de su cama, sumergida en el baile de luces que seguía incansable sobre la pared.