Pero yo guardo tu sitio en mi burbuja, como el Principito guardaba a su rosa de las corrientes de aire

El televisor ha dejado de funcionar. No importa. De todas maneras no servía para nada, ni siquiera para hacerme creer que formo parte del mundo. Esta burbuja ya es demasiado impermeable. A veces es el paraíso entre el resto de burbujas, cuando entras tú. Otras veces es el vacío entre paredes empapadas de tu imagen,
cuando no estás. 
La añoranza crea delante de mí un ser de sonrisa deformada y burla enloquecida, que baila, salta, me señala y  me encuentra siempre en el punto del colapso: cuando delante aparece una única realidad compuesta tan solo por la tranquila e infinita carretera. Genera en mi mente la explosión de un átomo cada segundo del tiempo que pienso en tu nombre. Y luego la carretera, y el malvado arlequín. 
Como un tiovivo que no se detiene nunca, estas imágenes se suceden dentro de la burbuja , cuya transparencia ha empezado a ensombrecerse por finas barreras. ¡Malditas vigilantes del frágil pensamiento parido con tanto dolor! Un día decides, en toda tu entereza y sin perder un milímetro de integridad, adaptarte a la adversidad natural que suponen tus circunstancias más cercanas, no te despides de ningún principio porque está en tu piel pero, sin darte cuenta, otro día, por sorpresa, te lo encuentras delante de ti, como si nunca hubierais sido un todo único e inseparable. Permanece ahí, de pie y mudo, mirándote a los ojos y no puedes más que adivinar en su mueca la certeza de haber esperado este momento. Con sorpresa buscas en la memoria el momento en el que los actos a los que te acompañó quedaron aniquilados por la cómoda integración de la que nunca te sentiste convencido. Ahí empieza la sensación de la traición, la no aceptación de la idea de un falso yo, la necesidad de demostrar que ese principio sigue dentro de ti. A un paso de la locura y a dos de la autoafirmación. La fórmula más simple, más difícil y más pura para preservar la esencia. 
La esencia. Tan pequeña como un niño indefenso, tan limpia y tan viva, que puede envolverlo todo, arrasarlo y absorberlo... siempre que la vigilia sea incesante. Porque basta solo un segundo de falsa seguridad para no reconocer el espejo. 




La inmensidad de la mente en pocas palabras

En un mes te he estado mirando, mirándome a mí en el espejo, y en un ansia irrefrenable de fundirme contigo desde el momento en que una noche mi mano se durmió en la tuya, he buscado maneras de paliar tu marcha mientras te veía entrar en el salón y sentarte en el sofá encendiendo un piti, callada, dirigiéndome alguna sonrisa, cansada, aburrida. Y además de las chanclas, la camisa que conserva tu olor, la toalla y otras cosas, me dejaste un nuevo ajuste en el reloj biológico que me despierta a las ocho y media, el empeño por tomar dos tazas de café acompañadas de un salvaje número de cigarrillos, limpiar lo que ya está limpio, la novedosa costumbre de mezclar todo lo que tengo en el desayuno, la comida, la cena, el postre; siempre inventando mezclas; me dejaste pensando en si te estarás riendo ahora mismo, ¿sumergida en el agua?, ¿aburrida?,qué canción sonará en tu cabeza, pensando en mí, ¿te has levantado ya?
Envuelta en el silencio durante horas, resuenan en mi cabeza cosas que me dijiste; a las puertas del tren, en el sofá cuando te reías y me apartabas, en la cena no podías más y casi llorabas pero seguías picando; resonaba el silencio de tu cansancio en el tren de vuelta a casa, tu risa y tu beso cuando nos encontramos al salir de clase, los buenos días entre las sábanas y tu perdón por dejarme en el borde de la cama, los gemidos en la noche...
Y te veo. Te veo en cada cosa que hago y sonrío durante todo el día; sintiendo que estás en la otra habitación y vienes, seria, distraída, sonriente, ausente, más completa que cualquier Venus. Te veo en cada nota que suena, en cada palabra, en cada uno de mis paisajes diarios te veo a ti y siento la belleza del mundo entero en mi corazón, y soy feliz por el campo y las nubes que te vieron pasar mientras te alejabas y yo lloraba y reía de la felicidad de haberte tenido a mi lado.

Sueño de verano

El tiempo en la habitación estaba completamente detenido. Detrás de la fina cortina de mis pestañas veía bailar las formas de luz que se colaban por las ranuras de la persiana sobre las blancas y desnudas paredes. El calor del mediodía me había llevado a un estado de languidez en el que solo me divertía la alegre danza de formas sobre el fondo vacío. Pensaba en si a ti también te divertiría aquel juego de sol y persianas, y si veías el color de los primeros días del verano, su olor, que es el reflejo de todo lo que somos en ese momento. El verano, esa claridad y esa inmensidad inalcanzable, el espejo de los anhelos, una amable sombra de luz transparente, sonriente y con ojos misteriosos que se acerca, te acaricia con su mirada infinita y te embriaga con la doble ilusión de eternidad e instante mundano. La estación de soñar mientras unos círculos de luz bailotean en una pared.
¿Son divertidos verdad? Y tu sonrisa brilló. Tienes uno sobre tu cara, ¿notas su calor?
No, pero lo noto sobre los ojos. Deberías dejar de torturar los tuyos y cerrarlos de una vez, no sé cómo aguantas tener los párpados tan solo rozándose durante tanto tiempo.
La pared nunca había acogido semejante espectáculo, no puedo perdérmelo pero entiendo que desde los pies de la cama no lo aprecies.
Estoy mejor aquí. Te veo.
¿No notas que el aire de la habitación es como una nube llena de luz? Veo tus ojos y tu pelo, y tu sonrisa. Es agradable. Es como si yo fuera toda la habitación, este momento, y tú has venido a formar parte de mi fantasía.

Una soplo de aire perfumado por las flores de verano se coló a través de las ranuras de las persianas y la imagen de ella se nubló suavemente entre las pestañas casi cerradas. ¡No, cierra la ventana! Quiero seguir mirándote, no me dejes. El grito pareció quedarse en el camino entre su mente y su boca pero aun en la oscuridad de su sueño, seguía sintiéndo la presencia de ella sentada a los pies de su cama, sumergida en el baile de luces que seguía incansable sobre la pared.


Del cáncer y la frustración

Nunca había tenido tan pocas palabras para expresar mis pensamientos.
Nunca había tenido tantos pensamientos irracionales: desnudos y carentes de toda base, como hijos nacidos de la nada, huérfanos que fabrica el universo, los lanza al vacío, los dispersa con furia por su vasto vientre y los hace volar hacia la agónica muerte que, más que definitiva, deja en su lugar atrofiadas figuras, muñones suplicantes con el destino seguro de ser un eterno cáncer.

soy Casandra
soy creación y soy muerte en cada pensamiento
A veces soy la agonía de un amor que no existe; no ahora pero sí en algún lugar.
soy la agonía de esa espera presente
soy el instante que no conoce la vida, el que busca la Vida
soy pero creo que firmemente que no soy
más que la visión de un oasis permanente, agarrada como una garrapata al resto de sesos
más que el verso que se cruza con mis ojos cada mañana, o cada tarde, o en cualquier momento del día, y otra vez desaparece en esta eterna frustración causada por mi búsqueda en las palabras

Quiero ser y creo que seré pero algo me dice que no,
que la vulgaridad es todo
que creer es de idiotas
que el ser humano odia con la irracionalidad más destructiva
y que también con ella ama
y que todo va con arreglo a esa irracionalidad que nos domina
y yo no hago más que arrastrarme perezosa dentro de este enjambre
sobre este escenario donde alguien olvidó dispersar el humo
No hay telón. No hay borde. No hay patio de butacas. Aquí es por amor al arte.
Ahora yo me piso los cordones, mirándome el ombligo, dando vueltas en mi propia trayectoria circular hasta que una mano me arrastre a otro círculo sin yo levantar la cabeza,
siempre arrastrada mirando ese ombligo feo

Perspectiva

No hay tiempo.
No existe cuando te encuentro y me miras. Tu mirada me anestesia y mata las razones para sentir el tiempo.
No hay tiempo, desaparece.