En todos los lugares

Hace días que convivo con la sensación de haber perdido algo. O algo que se ha ido solo. No lo sé, pero parece que no termino de creer que he perdido ese algo. Como si quisiera burlarse de mí, mi objeto perdido ha enviado esa ingenua sonrisa de confianza, que guardo- y quiero guardar- como una venda sobre los ojos que no quieren ver más realidad que la que se imaginan.
No obstante, voy a ser sincera y es que he buscado, y estoy buscando, incesantemente mi objeto perdido y, de verdad, lo busco en todos los lugares que una imaginación humana puede desarrollar. Dirán los que me rodean que es mentira, pero no saben que toda tarea que ocupa mi rutina es escondite posible para mi añorado objeto y, así, he convertido mi vida en un búsqueda (ojo, no quiero que esto se asocie a las míticas búsqueda de la verdad, del sentido de la vida, etc., repito: sólo es un objeto mío). Incluso voy a confesar que lo he intentado con sitios disparatados, ¡cualquier elemento que cae bajo mi mirada puede colaborar en devolverme lo perdido!, como los alimentos o las piedras del parque.
Por las mañanas, durante el sueño consciente, en lo primero que me fijo es en la inutilidad y la pereza que siento por levantarme. Pero poco después lo niego, sé que allí no podía estar, sino en la mesa, donde estoy sentada ahora, leyendo. Entonces empiezo a buscarla entre las ojas, las palabras. Ahí está siempre, pero no tengo la vista entrenada todavía. Me despego y miro alrededor, y vuelvo a las ojas otra vez: ésas u otras, da igual, porque sé que está ahí. ¡Rabia! No sé verla, se escapa a mis ojos inexpertos y virginales, ansiosos del impacto, vagos para la exploración. Sigo, pero sé que no dará su fruto mi embobada mirada clavada en las letras, que no hace más que provocarme sudores. Más rabia, qué poca paciencia.
Más tarde la vuelvo a buscar fuera de la casa. Está por todas partes, en el aire. Sobre todo en Madrid. Sus edificios la gritan con palabras pomposas, mis rincones la dibujan en trazos y colores que evocan alegría y amor, los músicos la regalan con sus trompetas, él me la susurra cada instante... La leo en los ojos de la gente y en los graciosos andares de los perros. Veo su sombra en el cielo colorido del día y en la luna, que de noche parece sonreírme como una señora amable de piel pálida y ojos misteriosos. Cuando me ausento, la noto en mi interior, en los recuerdos y las emociones, en los ideales y los sueños: me llena toda, pero es tan grande que me aterra la idea de encerrarla en palabras que de tan joven y novata boca nacerían. Qué incapaz me siento y qué razón tiene ella al regalarme esa máscara de sonrisa ingenua y confiada.
[Siempre me acordaré de esa lombriz cuya única virtud era que estaba callada.]
Luego, a la noche, cuando me acuesto, pienso para consolarme que no hay más destino que el futuro y que, tarde o temprano, dejaré de buscarla, porque sé que no está en ningún otro lugar sino en el fondo mío donde ahora hierve excitada la Inspiración que algún día ordenará el caos imperante de esa cabeza jaquecosa.