Sentía cómo los bruscos latidos de su corazón le daban en el pecho con una fuerza sorprendente. Estaba seguro de que cualquiera que estuviera cerca se daría cuenta de su nerviosismo, pues en su cabeza no oía más que esos golpes que de ninguna manera podían ser normales. Intentando disimular el ansia, miró a su alrededor esperando encontrarse con alguna cara fruncida que gruñonamente le dijera que callara ya esos molestos zumbidos, pero nadie le hizo caso. La gente pasaba a su lado como si en vez de persona se tratara de una farola o una papelera. Nadie le miró ceñifruncido ni le habló gruñonamente. Él seguía en su sitio y la gente pasaba. La vida pasaba a su lado y él seguía exactamente donde estaba hace unos instantes, cuando empezó a sentir los violentos golpes de su corazón que, como un encarcelado inocente, pedía a gritos salir de ese espacio limitado que era su caja torácica. Estaba un poco desconcertado, pues esperaba que alguien le llamara la atención o se acercara a preguntarle si estaba bien. ¿Es que nadie se daba cuenta de la carrera de su enloquecido órgano? Por un momento no sabía qué hacer. Bajó la mirada sobre su pecho, tal vez esperando verlo moverse a causa de los golpes. (¿Sorprendido?) Volvió a mirar a su alrededor. Todo igual. Era como si justo en esa esquina se había dado cuenta de su existencia, de su ocupación espacial en este mundo, y estaba confundido. Y tan confundido, que se paró en el mismo instante, y allí permanecía, sin saber qué hacer ni a dónde seguir.
Había salido de casa a la hora de siempre, pensando en las cosas de siempre. Había pasado por el camino de siempre y se había cruzado con las personas esperadas a esa hora del día. Pero quizás una alteración en la constelación estelar, vaciló, había provocado que ese día en esa esquina él tomara conciencia de su yo físico y psíquico entre los demás yoes que le rodeaban. Había sido abrumador verse de repente entre la inmensidad humana como una partícula solitaria, una pieza que no encajaba en la firme arquitectura social.
El silencio reinaba en su pecho, cuando otra ola diferente arrasó contra su individualidad, el miedo. Ahora ya su corazón estaba quieto. Quieto, escondido, tímido, pequeño ante el escabroso camino que le había mostrado su amo, cuya mente en ese instante estaba locamente desatada por el pánico. Empezó a sentir cada milímetro del interior de su cráneo, como si le fuera a estallar el cerebro. Su mundo había tornado amorfo, sin ningún ángulo recto, ninguna certeza, ninguna verdad. Meter en su mente esa nueva visión suponía una presión cósmica. No puede haber pensamiento que alivie el dolor de la nueva realidad, pensó. Y si un día encuentro uno que me alivie, sabré que es mentira, que sólo me estoy dejando arrastrar. No existe, lo sé. ¿Y si hubiera pasado por el otro lado de la calle? Podría no haberme encontrado en esta situación y ahora estar en el punto de queda siendo el que era al salir de casa, despreocupado y alegre. Pero, ¿era éso mejor? Era opio. Y ésto es el dolor de la sobriedad. Qué divina, qué dulce, otro opio, que hace llorar, hace ver, hace sentir. ¿Cómo renunciar a él? ¿Cómo cualquiera podría renunciar a él?
La inmensidad de su hallazgo seguía indomable, inajustable a la definida forma de su cerebro. Era como una nube de variable clima que se había instalado sobre su cabeza.
Fracasados varios intentos de gestionarla de algún modo, pensó que probablemente ese caos era un facor con el que tendría que convivir. Permaneció quieto un instante y vió que ella seguía allí, atormentándole, regalándole la duda ante cada decisión que se aventuraba a tomar (como hacia dónde caminar) y, sin embargo, bella. La miraba desde el mismo sitio en que se paró cuando oyó los golpes en su pecho. Era la nube más bella que jamás había visto, aun cuando se volvía negra.
Ya sabía cómo iba a ser su futuro: impredecible. Volvió a mirar a su alrededor y, ligeramente atontado, decidió echar a andar, pues sólo los pasos le llevarían a alguna parte.