Vuelta a un proyecto que empezó con más ilusión de la que tuvo en su desarrollo.
El bienestar constante tanto del cuerpo como de la mente es la suerte de los idiotas. "La salud es un estado pasajero que no presagia nada bueno" y sentirse feliz es... en fin, la felicidad es para mí un concepto ficticio. Tengo rachas, claro; momentos en los que pienso que la vida se ha olvidado de mí y por eso me va bien. Pero parece que hoy la vida se ha acordado de que se dejaba a alguien durante demasiado tiempo.
Caí en la cama acampañada de un mareo y los golpes en mi pecho que casi hacían daño. El pequeño pliegue temporal había terminado y ahora tenía que ocuparme otra vez de cuestiones que, aunque parecían haber quedado en el pasado, sabía que volverían. Es más, era evidente que volverían, pues es la única dirección que puede seguir mi vida: el futuro, y por más que aguarde silencioso, llega. Con él regresa amable el dolor de cabeza a diario, la incertidumbre y el riesgo en cada decisión que se me planta. Deportes extremos que me mantienen viva, ya lo creo que sí.
La habitación guardaba un desorden que sólo podía llenarme de cariño. Estaba donde me gustaba, donde era yo y no había nada ni nadie por encima. Nadie me mandaba doblar la ropa o hacer tareas y, no obstante, quería hacerlo. El último encuentro me dejó hecha polvo, pensando otra vez en que la pobreza en la que vivía no me permitiría la liberación hasta dentro de mucho tiempo. Este oscuro pensamiento desembocaba inmediatamente en complejas y aceleradas maquinaciones de un futuro casi presente. Quizás lo que me tenía tan preocupada que no me permitía ni pensar de forma coherente, era la existencia de otros factores en juego, aparte de mi libertad. Y esos mismos factores eran los que, por culpa de unos prejuicios que se habían encargado de grabar en mi mente, me hacían sentir una muy vergonzosa culpabilidad. Su moral y sus normas monopolistas convertían mi feliz pliegue temporal en un mero juego a esconderse y a rechazar sus dogmas desde la clandestinidad. Ante su Constitución estaba haciendo lo prohibido y ahora me sentía como el que ha cometido un crimen. Era este el pensamiento que querrían que tuviera y por eso me da vergüenza, porque ha habido veces en las que he dudado.
Pero he seguido. Nunca había creído que la integridad de mi ser puede ser tal como es ahora; tan libre y desatada, y vulnerable, y apasionada. El yo que escribe estas palabras ha sabido en todo momento dónde estaba y por qué estaba ahí, lo cual demuestra que su permanencia se ha debido a un deseo más intenso que el de tocar el cielo. Y aún así, dudo. Siempre.
Dejaba la mirada fugarse por la ventana abierta y, en un estado casi febril, intentaba encontrar una solución para mi individualidad. Estuve cerca de un cuarto de hora encerrada en una búsqueda cuyo final me era ya claro hace tiempo. Y era sobrecogedor. La noción del futuro siempre lo es.
Mi cabeza pareció mejorar después de una pastilla y un vaso de zumo. Me había levantado y casi me sentía yo otra vez, si no fuera por el miedo. A veces pienso en lo que me ayuda a levantarme y volver a tener mis ideas. Tiene que ser valor, pienso, el valor que tengo de ser yo misma. Pero la fuerza del impulso es demasiado grande y estoy casi segura de que tiene que haber alguna pizca de locura en todo este asunto.
Hablo de esa locura que también tiene otro nombre.