Pero yo guardo tu sitio en mi burbuja, como el Principito guardaba a su rosa de las corrientes de aire

El televisor ha dejado de funcionar. No importa. De todas maneras no servía para nada, ni siquiera para hacerme creer que formo parte del mundo. Esta burbuja ya es demasiado impermeable. A veces es el paraíso entre el resto de burbujas, cuando entras tú. Otras veces es el vacío entre paredes empapadas de tu imagen,
cuando no estás. 
La añoranza crea delante de mí un ser de sonrisa deformada y burla enloquecida, que baila, salta, me señala y  me encuentra siempre en el punto del colapso: cuando delante aparece una única realidad compuesta tan solo por la tranquila e infinita carretera. Genera en mi mente la explosión de un átomo cada segundo del tiempo que pienso en tu nombre. Y luego la carretera, y el malvado arlequín. 
Como un tiovivo que no se detiene nunca, estas imágenes se suceden dentro de la burbuja , cuya transparencia ha empezado a ensombrecerse por finas barreras. ¡Malditas vigilantes del frágil pensamiento parido con tanto dolor! Un día decides, en toda tu entereza y sin perder un milímetro de integridad, adaptarte a la adversidad natural que suponen tus circunstancias más cercanas, no te despides de ningún principio porque está en tu piel pero, sin darte cuenta, otro día, por sorpresa, te lo encuentras delante de ti, como si nunca hubierais sido un todo único e inseparable. Permanece ahí, de pie y mudo, mirándote a los ojos y no puedes más que adivinar en su mueca la certeza de haber esperado este momento. Con sorpresa buscas en la memoria el momento en el que los actos a los que te acompañó quedaron aniquilados por la cómoda integración de la que nunca te sentiste convencido. Ahí empieza la sensación de la traición, la no aceptación de la idea de un falso yo, la necesidad de demostrar que ese principio sigue dentro de ti. A un paso de la locura y a dos de la autoafirmación. La fórmula más simple, más difícil y más pura para preservar la esencia. 
La esencia. Tan pequeña como un niño indefenso, tan limpia y tan viva, que puede envolverlo todo, arrasarlo y absorberlo... siempre que la vigilia sea incesante. Porque basta solo un segundo de falsa seguridad para no reconocer el espejo. 




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