Púberes en acción

Después del apabullante récord de una entrada durante todo el año pasado, y como mi vergüenza brilla por su ausencia, abro con el amado pronombre dentro de la primera línea. Curiosamente, mi estancia entre tanto monte y personaje importante impulsa la necesidad de hacer algo útil. Esto, lo que se dice útil, no será, ni para mí ni mucho menos para nadie.
¿Qué extraño motivo existe para que muchos proyectos aparentemente interesantes sean rebatidos por preguntas, que además salen de la misma cabeza que los primeros? ¿Por qué todo parece coherente e inteligente en su nacimiento y no mucho más tarde se desmorona tan fácilmente como decididamente inteligente parecía? ¿Por qué las preguntas, a su vez, agotan su necesidad de respuesta tan rápidamente como surgieron? ¿Es un subconsciente traidor?
La impaciencia que sufro desde hace varias semanas ha provocado cambios en mi comportamiento que tranquilamente deberían dar paso a mi abandono por parte de los que han tenido la mala suerte de rodearme. Propuestas imposibles, respuestas impertinentes, agresividad emocional, obsesión incontrolada y, a veces, dolorosa de llevar, por la música, ansia de consumo insano en exceso. Sólo falta bordar la imagen de ser ojeroso, tembloroso y malhumorado que, por ahora, no aflora. Por dentro un torbellino de emociones estúpidas seguidas de frustraciones más estúpidas todavía. Un círculo vicioso propio de quinceañeros con tensiones sexuales en exceso y sin resolver.
A todo ello, conoces a una persona que dedica el tiempo que no es de dormir, comer y hacer sus necesidades más inmediatas a estudiar, y tú por dentro piensas que eres la reina de los párasitos sociales. ¿Acaso retratarse por escrito y exponerse a la risión pública aliviará mis penas adolescentes? Quizás. Porque si revivo los quince años, habrá que solucionarlo como es propio.

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