Pero hoy, por primera vez en la historia de mis paseos de vuelta a casa no he podido despegar la vista de las baldosas. Oía el leve ruido de mis zapatos arrastrados. Como en cualquier noche del final de verano había el habitual tráfico humano: indios vendiendo cerveza, indios vendiendo artilugios brillantes (que no me explico qué ser normal querrá ponerse unas gafas por las que brillan mil colores), putos, putas, borrachos, turistas (sí), guiris borrachos... Había un negro vestido muy elegante que, agarrado a una de las putas de esa calle, bailaba salsa mientras las putas que formaban el corrillo reían y movían ligeramente la cadera. Me quedé agradablemente sorprendida al ver la seriedad con la que se lo tomaba el hombre. Me quedé mirando con descaro mientras pasaba y sin querer se me dibujó una sonrisa de incredulidad, ¡qué gusto me daría saber bailar así!
Casi me temblaban las piernas del cansancio, pero esa noche hubiera dado la vuelta a la ciudad a pie. Creo que era el torbellino que llevaba atormentándome durante tantas semanas lo que había estallado repentinamente y ahora hacía de motor de mi cuerpo. Las maldiciones me salían por la orejas y en realidad todo quedaba en una tonta desesperación emocional. Pensé en todas aquellas personas que estaban viviendo su propio pasado, construyéndolo minuciosamente, hablando de las experiencias que habían tenido como si estuvieran terminando los capítulos de su vida poco a poco para después contárselos a sus hijos y nietos. Pensé en todas aquellas personas que yo ya conocía. Qué extraños pensamientos me causaban. Me costaba identificar mis propios pensamientos en medio de toda la realidad que me imponían día tras día, conversación tras conversación. Llegaba a pensar que no debía fiarme ni un pelo de todas esas personas, todos esos que fumaban y bebían y follaban y gritaban en medio de las noches y bailaban al son del cutrerío veraniego escondiéndose tras una filosofía barata para disculpar lo que ellos llaman vulgaridad y yo llamo naturalidad. ¿Cómo alguien puede llegar a renegarse con tanta insistencia? Supongo por la misma razón por la que puede adoptarse la naturalidad como pose. Debían de estar todos vueltos del revés, locos de remate...
Esos pensamientos ocupaban mi mente cuando llegué a la puerta de casa. La calle olía a orina, como de costumbre, y varios borrachos se habían instalado en los cubos de basura de enfrente mientras reflexionaban sobre el complejo entramado de las relaciones amorosas."
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