Hora de quedada. Todos llegan tarde. La plaza "esperadero" se llena de otros muchos como yo. Todos esperamos conjuntamente y después tomamos nuestro camino. Impaciencia. Por qué se retrasan tanto. Esta noche puede serlo todo o nada. Paciencia; no puedo. Dónde están. Ahí va uno, por fin alguien se digna a aparecer. Pasan los minutos y la impaciencia no hace más que crecer. En este momento soy la persona menos indicada para mantener una conversación. Pasan los minutos y aparece el resto. Bien, vamos allá. Menos mal que la sala está próxima. Vaya, ni siquiera han empezado, estupendo, ahora tengo que esperar. No puedo dejar de pensar en cómo se desarrollarán los acontecimientos de más tarde. No tengo ningún plan.
Ahí están, por fin. Mercedez Benz a capella, qué valor. Mejor será que pida algo para calmar el espíritu; una cerveza va estupenda. Vaya, cómo suda el vocalista, ¿lo vivirá de verdad o sólo será el esfuerzo de garganta que le está costando cada nota? Lo cierto es que me da lo mismo, yo sólo pienso en una cosa. La gente que viene a sus conciertos no dejan de sorprenderme con su pasividad. Oh, ahí hay una loca que no deja de menearse como una enloquecida. Ah, es que la estaban fotografiando. Je, ahí entra el que se proclama músico y ni sabe tocar la guitarra. Siempre he pensado que venir a ver a este grupo le debe de dar mucha envidia. Si al menos pudiera quitarme esa idea de la cabeza durante el tiempo que dura esto...
Ya acaba. Fuera, venga, vámonos, debemos llegar cuanto antes, la fiesta ha empezado hace muchas horas. Ni siquiera sé qué me espera allá adonde me dirijo; sólo es un rostro el que ha llenado mi visión y una mirada sensual que me invita. No resisto tal ceguera, tan incierta y tan intensa como una tormenta de verano. He perdido toda capacidad de raciocinio y sólo quiero llegar para mirarme en aquellos ojos que siento en lo más hondo y me desnudan y me examinan. Esta noche puede pasar todo o nada, y yo ni siquiera sé si mi paranoia es compartida. Bella incertidumbre, quisiera ser como tú y vivir tu vida, corta y dolorosa, pero más dulce que la ambrosía. ¡Oh, ahí está! Una expresión tímida pero sonriente se asoma detrás de la puerta. Es imparable la aparición de satisfacción sobre mi cara mientras cruzo el umbral y educadamente procedo a saludar a los anfitriones.
¡Qué noche! Qué noche más confusa e incierta, ¡qué está pasando!, ¡qué hago!. Sólo soy un burujo de emociones titubeantes que va de aquí para allá y de allá para aquí. El final está cerca y yo estoy con la cabeza y las manos vacías. Vámonos, clavo mis ojos en los suyos, vámonos antes que los demás. Una vez siento el aire en mi cara y sólo puedo suspirar de alivio, oigo su voz...
Me giré en silencio, sonreí y me acerqué a probar lo que tantas noches habías soñado. Más tarde, cuando nos separamos, me dejó con una sonrisa en la cara que ni de lejos podía expresar lo que había detrás de ella.
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