Way to blue

El tren iba a sin prisa y la gente que lo ocupaba parecía estar fuera del tiempo, dirigiendo miradas a la oscuridad de la noche que en ocasiones aparecía interrumpida por difusas lucecitas. La joven pero intensa noche me hacía pensar de manera obsesiva en algo que creía vital realizar cuanto antes. Lo creía descabellado y bastante improbable de llevar a cabo pero necesario en la misma proporción o más. La huida. El reencuentro con uno mismo. La inmensidad del mar frente a la limitada razón, cada vez más deformada por la absurda vida que conlleva esta ciudad, estas instituciones que me ahogan, el engranaje social, la mayor farsa de la humanidad, que me ha absorbido y obligado a un rol indeseable y vomitivo.
El mar, y sólo el mar. Rendirse a la azul infinidad y dejarse abatir por sus olas, respirar su aire y sentir su olor para volver a llenarse de vida. Olvidarlo todo, y sentirlo todo. Y finalmente llorar la nostalgia, la infelicidad de existir y no vivir.


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