La nave de los locos


Martes, 2 de octubre.

Vuelvo a casa después de una nueva tarde. Tal vez agotadora, pero la ilusión lo compensa todo, hasta el cansancio.
En la primera clase, que tenía que durar 2 horas, no vino ningún profesor. Nadie nos avisó, ni se acercó a informarnos y en un momento dado nos fuimos, sin más. Nadie se quedó en el aula. Algunos, la mayoría, a fumar un pitillo, otros bajaron a la cafetería, otros, como nosotros, fueron a dar una vuelta entre las numerosos edificios de las facultades.
La siguiente clase resultó ser la más divertida de todas. Una profesora de unos cuarenta y tantos años, ciento y tantos kilos, y una muleta, nos hizo reír. Seguro que era para romper las tensiones, aunque, personalemente creo que nunca llegaron a originarse. Ya había pasado lo peor y ya estabámos en clase. Muy charlatana ella, nos demostró que era de "las que molan" poniendo en práctica algún "puntazo" de los suyos. No le fue mal, creo.
Una hora más tarde, a paso más o menos rápido, teniendo en cuenta sus condiciones, salía por la puerta, la cual estaba atravesando un señor alto y flaco, de pelo gris y cara consumida, quizás a cauda de fumar, que parecía muy serio, imperturbable. Le noté un tic nervioso en la cara.
En los 20 minutos siguientes había expuesto, más o menos, el plan para del curso. A primera vista pensé que ésa sería la asignatura suspensa, por falta de atención en clase, pues me pareció de los que tienen cualidades innatas de producir sopor. Luego pensé en Él... Él seguro que me ayuda.
Je... Se fue antes y nosotros también.
Con una chica nos aventuramos en una pequeña "excursión" por el edificio de la facultad. Interesante y emocionante, así como tonto e infantil. Pero es lo que tiene ser un novato; todas esas nuevas cosas que te dejan los ojos como platos. Todo te parece bonito y perfecto, aún siendo insignificante e imperfetísimo. ¡Je, qué gracia le debemos de hacer al resto!
No quiero extenderme mucho sobre la última clase. La profesora era una verdadera caricatura. Al menos para mí. No tenía nada de raro la mujer: indumentaria normal, sin dejar lugar a gracias tontas, peinado tradicional, muy frecuente y aburrido, ningún extraño rasgo físico aparente.., hasta que empezó a hablar... Estaba sentada, apoyada en la mesa, sujetando el micro. Hablaba alto y rápido, gesticulando con las manos y la cara. El levantamiento de sus cejas no parecía conocer límites y sus ojos se abrían cada vez más, y más, y más... Tenía unos labios finos y apretados, y cuando hablaba parecía que le estaba dando un ataque de locura o algo por el estilo. Me extrañó que no se plantara en mitad de la clase, de rodillas, mirando al techo y tirándose de los pelos, mientras dice "es muy interesante, ya veréis, muy interesante, de verdad"... Opino que sufre algún tipo de frustración.
Había llovido y la calle estaba mojada. Al salir sólo estaba chispeando, pero daba igual, la boca del metro estaba al cruzar la calle.
El viaje entero (metro + tren) duró poco más de una hora, la cual pude aprovechar para leer el periódico que había cogido en la universidad durante el pequeño descanso proporcionado por la ausencia del profesor. Me encontré con varios artículos que me resultaron muy interesantes y, sobre todo, divertidos, entre los cuales destacó el del Genio en el Acantilado (a vuestra izquierda)
Quiero terminar citando uno de los títulos que llevaba una pagina:
Todos, por suerte, locos




1 comentario:

Villain dijo...

PS: La verdadera pena es que, desgraciadamente, no todos estamos locos.