La revolución del silencio

En el día de hoy podríamos decir que ya llevamos tres semanas de clase, casi justas. Aún así, entre los 134 individuos de la aldea, muchos son para mí sujetos andantes sin identidad alguna. Cierto es que, aparentemente, no hay aislados, por lo que, poco o mucho, me alegro.
En cuanto a la comunicación entre todos, puede decirse que con un cuarto del total puedo ponerme en contacto vía interntet (medida tomada desde el mismo principio del curso: la sociabilización masiva) pero, fuera de la realidad cibernética, ese cuarto queda reducido hasta un número increíblemente pequeño.

¡Y es que el ciberespacio no deja de sorprenderme! Este mundo paralelo, en el que tanto nos gusta estar, está más que completo. Es un mundo en el que nuestros pensamientos, insolentes y temerarios, viven la vida que les quitamos a diario. Son esos pensamientos, que desean ser escuchados, leídos o vistos, aunque nos neguemos a ello rotundamente y juremos por todos los santos y vírgenes que no es así. Sentimos esa necesidad inevitable de encontrarnos con pensamientos iguales a los nuestros, identificarnos con un grupo y sentir que no estamos tan solos como pensamos, o, por el contrario, buscar la distinción, sentirnos diferentes del resto. Ya sabéis a lo que me refiero.

Creamos nuestro perfil con un alias inventado, colgando las fotos de nuestros héroes y dejamos que esos pensamientos caigan como rayos enfurecidos, vuelen como pájaros a los que no les importan las tormentas.
Descargamos nuestro peso gracias a esa libertad de expresión que, inconscientemente, tanto amamos y, en un momento dado, volvemos a la rutinaria realidad terrestre que tan llena de banalidades nos parece. Aburridos y desganados, pasamos de largo la televisión que, por enésima vez, nos ofrece el mismo programa con distinto presentador y seguimos el camino hasta la cama, cogiendo el libro, en el cual no dejamos de buscar una idea nueva, un horizonte nuevo, unas migajas que refresquen el sentido de nuestra vida; o darlo.

Las mañanas suelen componerse, en algunos casos (no el mío) de encuentros con personas. Y tú, preso de, no sé, tal vez, del miedo a no coincidir, o a no ser aceptado en el grupo, o ser objeto de la risión, callas tus pensamientos. Los mismos pensamientos que por la noche, ansiosos de salir, te empujarán a encender el ordenador. Y tú lo harás, ¡tonto! Con avaricia te sentarás delante de él y, una vez más, descargarás el peso de tu silencio.

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