Demasiado personal

Qué hago. Creo que me sentaré a escribir algo. Mierda, de qué iba la historia que se me ocurrió ayer en el metro. Era buena. Mierda, no me acuerdo. Tengo que comprarme un cuaderno que me quepa en el bolsillo. Se fue a la mierda el escribir. Aunque... si me siento, a lo mejor consigo parir algo decente. Ya, claro, como la última vez. Casi dos horas para sacar la conclusión de que las cosas en la vida no son de ninguna manera. Ni siquiera ocupa una línea entera. Joder. Casi dos horas. Y, encima, se me ocurre seguir perdiendo el tiempo tecleando alegremente mientras doy rienda suelta a la ilimitada fantasía que he tenido el gusto de heredar de algún pariente prehistórico. Digo gusto, porque es mi camino más deseado y mi alternativa a los ratos no tan deseados. También a los pesados minutos en metro. No hablemos del autobus o el tren. Es mi alternativa a todo lo que no me gusta en mi vida. Así, a veces se me olvida que tengo una. Así me va, ya ves. Pero la vivo, oye. Digo la mía, mi vida física. Claro que la vivo. No parezco el tipo de persona absorbida únicamente por la dulce y engañosa fantasía, y no lo soy. A cada uno le toca su parte, no. Logicamente, yo me llevo lo mío y, reconozco, no está tan mal. Quizás un poco más de lo habitual, pero bien dosificado. Bah, ya estoy hablando de algo en concreto. Tengo que quitarme esa costumbre; la de hablar de algo en concreto. Es que nadie escucha. Pero lo que me resulta difícil es hablar de todo un poco. Ya entiendes. Si no hablas de nada en concreto, hablas de todo un poco, no. Sí, sí, las típicas conversaciones sobre la rutina diaria y qué detergente usas para esa camiseta tan guay que te has comprado de las rebajas, o cómo haces ese plato, jolín, a mí nunca me sale, o a mí me pasa lo mismo, soy tan torpe que no sé ni poner una bombilla.

Pasó un tiempo y vi que la gran mayoría era así. Quizás no hablaban de bombillas y detergentes, pero creo que se me entiende. Es que vaya vida, si fuera así. Siento una ligera decepción. También siento que no será la última. Luego, vas descubriendo que, qué va, todos tienen su mundo interior, lleno a rebosar de sentimientos que ni sospechabas, porque, como eran todos tan iguales a primera vista, pensaste que salían de fábrica. Y espera, hay más. Ahora resulta que cada uno, hasta completar la humanidad entera, alberga agonía y sufre una infinidad, pero en silencio. Son los silenciosos revolucionarios que, viendo con sus ojos críticos el mundo más cercano, suspiran acompañando el aire de expresiones de sabiduría entristecida. Lo hacen durante todo el día. Siempre tienen una opinión al respecto. Nunca están deacuerdo y todo les parece injusto. Incluso las situaciones en las que ellos mismos se envuelven, a través de sus propios actos. Todo. Pero no hacen nada por remediar nada. “La vida es injusta”, es su frase favorita. Y no pienso que no lo sea, pero, me cabrea especialmente (no sé por qué me cabreo con tanta facilidad) cuando se lo oigo decir a seres, normalmente también arrastrados por la indolencia física, que están agusto rebolcándose en su apestosa ignorancia, siendo ese su límite vital.

Es curiosa la visión que tengo de todo mi entorno. Puede que sea algo rara. Puede que la línea en que pienso sea la equivocada, pero no puedo evitar pensar de esa forma. Culpen a quien me configuró el cerebro antes de los 3 años. Puede que esté juzgando mal y despiedadamente, sin tener en cuenta importantes factores, por lo que aceptaría cualquier sugerencia que se me haga.

Veo en las personas un egocentrismo digno de ser comparado con el mío hasta el punto que me permito utilizar el vocablo “egocentrismo”. Pero ese egocentrismo lo quieren dejar enmascarado detrás de una correcta y educada humildad que, en mi opinión, raya la hipocresía. Realmente no estamos hablando de humildad. Queremos hablar de humildad. Queremos ser humildes, pero no lo somos. Creo que no lo somos ni en un centímetro de nuestro cuerpo. Puede que sea una moda, los tiempos, la sociedad del siglo XXI, blah blah, quién sabe. Una sociedad individualista y competitiva. Creo apropiados estos dos términos para expresar exactamente la manera en que lo veo. Volvemos a exaltar al ser humano y considerar al individuo el centro del mundo. Y lo que tenemos en el centro de nuestro podio es nuestra propia figura. Somos lo más importante en nuestra vida y nos veneramos a nosotros mismos de manera viciosa. Nos gusta ser el centro, ya sea el nuestro o el de los demás, pero es lo que queremos. Nos gusta que nos miren, nos gusta que nos hablen si haber iniciado la conversación, nos gusta que hablen de nosotros, nos gusta que nos hagan fotos sin pedirlo, nos gusta que nos hagan cumplidos, aunque sean mentira, nos gusta todo lo que tiene que ver con nosotros y también lo que no, porque ya es una razón para destacar el no tener que ver con nosotros. Nos gusta decir “yo soy tal y cual” o “yo creo esto o lo otro” o “yo soy así o asá”. En fin, nos gusta hablar en primera persona y, sobre todo, sólo de la primera persona.

Pero, y aquí viene la divisón, mientras algunos no se cortan en mostrarle al mundo lo maravillosos, originales, repetitivos y aburridos que son, otros eligen la opción de darle un toque de misterio, poniéndose la máscara. La máscara da la cara inofensiva e inocente, la que no mentiría, la educada, la que se digna por los vandalismos ejercidos por los que no llevan máscaras, en fin, esa máscara que parece tener el sobrenatural poder de convertirle a uno en otra persona, la opuesta a la que realmente es. Es la cára de póker, de competición, de conseguir la comida para el ego de la otra forma, la silenciosa, pasando por otra calle que nadie conoce. Al final llega antes que todos los demás pringaos y sigue siendo el majo al que todos quieren. Es la más maravillosa falsedad. Qué bonita. Qué auténtica.


1 comentario:

Unknown dijo...

Qué triste que vivamos entre personajes de ficción del tres al cuarto, de gente falsa, barroca a base de relucir sin fundamento. Este país de apariencia, de creídos, de cansinas poses. A veces abusamos de las máscaras, pero son más una armadura, sin ella esos, los otros, las hienas, nos comen. Todos somos impostura y naturalidad. En porcentajes diversos. Se llama supervivencia. Grande tu entrada